A los 16 años, mientras muchos adolescentes aún dudan sobre su futuro, Laurentiu Clenci ya tenía claro que el suyo pasaba por el trabajo duro. En una pequeña aldea de Rumanía, de apenas 600 habitantes, empezó a ganarse la vida mezclando cemento por 10 euros al día. No había glamour, ni contactos, ni un plan de negocio definido. Solo había necesidad, disciplina y una determinación silenciosa que, con el tiempo, se convertiría en su mayor activo.
Hoy, Clenci es co-CEO de Neo Vision Group, una empresa que opera en distintos sectores y mercados. Pero su historia no comienza en oficinas modernas ni en salas de juntas, sino en calles de tierra, jornadas largas y una infancia marcada por la escasez.
“Cuando no tienes nada, aprendes rápido el valor de todo”, ha repetido en varias ocasiones. Esa mentalidad fue clave en sus primeros años. Cada jornada de trabajo físico no solo suponía un ingreso, sino también una lección: sobre esfuerzo, sobre resiliencia y sobre la importancia de no depender de nadie.
El salto no fue inmediato
Como muchos emprendedores, Clenci atravesó una etapa de transición, marcada por pequeños trabajos, decisiones arriesgadas y una constante búsqueda de oportunidades. La diferencia estuvo en su enfoque: mientras otros esperaban condiciones ideales, él avanzaba con lo que tenía. Ese pragmatismo se convirtió en una de sus señas de identidad.
Su entrada en el mundo empresarial no respondió a una fórmula clásica. No hubo grandes inversiones iniciales ni un respaldo institucional. Lo que sí hubo fue una capacidad notable para detectar nichos de mercado y adaptarse rápidamente. Desde sus primeros proyectos, entendió algo fundamental: el éxito no depende solo de una buena idea, sino de la ejecución constante.
Con el tiempo, esa mentalidad cristalizó en Neo Vision Group, una compañía que refleja su propia filosofía: diversificación, innovación y una fuerte orientación a resultados. Bajo su liderazgo, la empresa ha explorado diferentes líneas de negocio, desde tecnología hasta inversión estratégica, apostando siempre por sectores con potencial de crecimiento.
Pero más allá de los números, lo que define a Clenci es su narrativa personal. En un ecosistema donde abundan los discursos grandilocuentes, su historia destaca por su autenticidad. No romantiza la dificultad, pero tampoco la esquiva. La utiliza como motor.
Para los emprendedores que comienzan, su trayectoria ofrece varias claves. La primera es clara: el punto de partida no determina el destino. Haber crecido en una aldea pequeña y con recursos limitados no fue un obstáculo definitivo, sino un contexto que moldeó su carácter.
La segunda lección es la importancia de la acción. Clenci no esperó a tener todas las respuestas. Empezó, falló, aprendió y volvió a empezar. Ese ciclo, repetido durante años, es el que finalmente construye cualquier proyecto sólido.
También destaca su capacidad para asumir riesgos calculados. En lugar de evitar la incertidumbre, aprendió a convivir con ella. En el mundo empresarial, donde la estabilidad absoluta no existe, esta habilidad resulta crucial.
Otro aspecto relevante es su visión a largo plazo. Aunque sus comienzos fueron puramente prácticos —ganar dinero para sobrevivir—, con el tiempo desarrolló una perspectiva más estratégica. Entendió que construir algo duradero requiere paciencia, consistencia y una mentalidad orientada al crecimiento continuo.
Hoy, desde su posición en Neo Vision Group, Clenci no olvida sus orígenes. Esa conexión con su pasado no solo es emocional, sino también funcional: le permite mantener los pies en la tierra en un entorno donde el éxito puede distorsionar la percepción de la realidad.
Su historia no es la de un golpe de suerte, sino la de una acumulación de esfuerzos sostenidos en el tiempo. Y quizá ahí reside su mayor valor como referente: demuestra que el emprendimiento no es un camino reservado para unos pocos, sino una posibilidad abierta para quienes están dispuestos a trabajar, aprender y persistir.
En un mundo que a menudo celebra los resultados rápidos, la trayectoria de Laurentiu Clenci recuerda algo esencial: las bases más sólidas se construyen, literalmente, desde abajo. Incluso si ese “abajo” empieza mezclando cemento por 10 euros al día.

























