Miércoles , 7 diciembre 2016 Impresion Pyme
  • Cinco síntomas que te convierten en un mal jefe

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    “¿Un mal jefe? ¿Estás de broma? Por supuesto que no soy un mal jefe.” Lo entendemos. Es la reacción lógica. Sin embargo no hace falta ser un acosador, o hacer mobbing a tus trabajadores para que pueda considerarse que determinadas actitudes te convierten en un mal jefe o al menos, en uno muy mejorable. En el OpenForum de American Express nos hablan de cinco síntomas que pueden indicar que nuestras habilidades directivas son mejorables.

    El cuello de botella

    Todo, desde la decisión de crear una tienda on-line hasta pedir nuevos cartuchos de tinta para la impresora, pasa por ti y no se lleva a cabo si no tiene tu aprobación. ¿El resultado? En tu empresa sólo se llevan a cabo el 10% de las cosas que deberían hacerse, porque el grueso de las mismas permanece en una larga bandeja de entrada, a la espera de tu aprobación.

    Como hemos comentado en otras ocacasiones, el no saber delegar y el micromanagement, pueden convertirse en tus dos grandes enemigos.

    Para aprender a evitar los cuellos de botella hay que saber identificar esas tareas que realmente vamos a tener que gestionar y cuáles otras podemos dejar en manos de personas en las que confiamos.

    El síndrome de María Antonieta

    Te crees el mejor del mundo y como eres el jefe de la empresa, te mereces un trato que lo haga evidente. Cambias de coche cada dos años, llevas ropa cara y estás a la última en tecnología. Las mejores vacaciones son las tuyas y por supuesto, siempre comes fuera, en los mejores restaurantes. Todo, a cuenta de la empresa.

    Mientras tus empleados siguen trabajando con Windows 98, no han visto aumentado su salario desde la época de Aznar y no han oído hablar de lo que es un bonus o un incentivo por el trabajo bien hecho. Puede que pienses que es lo normal, después de todo no te has pasado al Ferrari. Los trabajadores lo tienen que entender, tú tienes tus necesidades.

    Pero mientas te estás dando la gran vida, puede que muchos de ellos, probablemente los mejores, estén dando los últimos retoques a su curriculum para cambiar de empresa. Si quieres retenerlo, empieza por el tema de salarios, beneficios sociales y mejorar la conciliación dentro de la organización.

    El dueño ausente

    Nunca te han interesado realmente los negocios. Pero pensaste que podía ser divertido tener tu propio bar/restaurante o tienda de ropa y ver cómo van las cosas. Como la parte aburrida te aburría, pusiste a otra persona al cargo para que gestionase todo. Y hasta aquí todo bien. El problema es que no sólo te convertirse en un dueño ausente, sino que a la persona que pusiste al frente de la empresa no le diste poderes reales.

    No permites que despida o contrate a nuevos empleados o que establezca nuevas reglas dentro de la empresa. Como los trabajadores lo saben, han tardado menos de dos meses en perderle el respeto. A lo mejor te roban a tus espaldas o no tratan bien a los clientes, pero no importa porque tu no te enteras de nada. Una vez al mes, cuando pones los pies en la tienda, todo parece que marcha sobre ruedas.

    El adicto al trabajo

    Te gusta tanto trabajar, que no entiendes que haya personas que no les guste tanto como a ti. ¿Quién no querría trabajar un fin de semana o renunciar a parte de sus vacaciones para sacar adelante ese proyecto tan interesante?  ¿Por qué nadie te responde a los e-mails que mandas los viernes a las tres de la mañana?

    Muchos duelos de start-ups y pequeñas empresa, sufren este síndrome: auténticos Workaholics. Y no es que lo podamos criticar abiertamente. Al fin y al cabo, cada uno hace lo que quiere con su negocio. Lo que sí es criticable es que queramos que todos los que nos rodean también se conviertan en adictos al trabajo, que les obliguemos a trabajar, cuando no deberían estar haciéndolo.

    El crítptico

    Lo das todo por sentado. Crees que con unas vagas instrucciones, un ligero encogimiento de hombros y un dedo que apunta al infinito tus empleados ya saben qué es lo que quieres de ellos y lo que tienen que hacer. Tus farfulleos y circunloquios deberían resultar cristalinos, por lo que no comprendes por qué te preguntan las mismas cosas una y otra vez.

    Tal vez si intentaras explicar las cosas una única vez, pero haciéndolo bien. Si pusieras en práctica lo que se conoce como feedback (¿te suena la palabra?) y si intentases tomar decisiones en vez de plantear acertijos y adivinanzas verías como todo comienza a ir mucho mejor.

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