En 1996, mi padre decidió traer Quinton a España y nos invitó a sus hijos a formar parte del proyecto. Éramos tres personas. Trabajábamos literalmente en los pasillos del piso donde habíamos crecido, con más ilusión que medios y con una confianza enorme en lo que hacíamos. Hoy somos un grupo de empresas y un equipo de 77 personas.
Contado así, parece una línea recta. No lo fue. Ha sido un camino apasionante, sí… pero lleno de caídas. Y de aprender, una y otra vez, a levantarse.
Cuando alguien me pregunta qué se siente al llevar 30 años en la misma empresa, siempre respondo lo mismo: nunca he tenido la sensación de estar en el mismo sitio. La empresa cambió. El equipo cambió. Mi trabajo cambió. Y yo cambié con ellos.
Por el camino hemos aprendido algunas cosas que quizá sirvan a quien hoy está haciendo crecer su pyme. Permanecer no es quedarse quieto. Es seguir creciendo, con las personas, en la misma dirección.
Profesionalizar sin perder la esencia
En una micropyme no hay departamentos. Hay personas que hacen de todo. La misma persona atiende un pedido, cuadra una factura, responde a un cliente y revisa que el almacén esté en orden. Muchas veces sin saber que, en realidad, está haciendo logística, contabilidad o prevención.
Y cada empresa pequeña va construyendo su cultura casi sin darse cuenta. No está escrita en ningún sitio. Se nota en cómo se habla, en cómo se resuelve un problema, en cómo se recibe a quien llega nuevo.
Nosotros, desde el principio, tuvimos algo claro: queríamos un proyecto que creciera de forma integral, con las personas y la salud en el centro. Entonces no lo llamábamos así. Simplemente nos parecía de sentido común.
Cuando el proyecto se hace sólido y gana tamaño, ocurre algo evidente: ya no basta con la buena voluntad de unos pocos que lo hacen todo. El crecimiento obliga a profesionalizarse. Y da vértigo, porque parece que ordenar la casa puede hacerla menos cercana.
Hemos aprendido justo lo contrario. Profesionalizar no es burocratizar, es darle a la empresa la estructura que necesita para seguir creciendo… sin perder aquello que la hizo especial desde el principio.
Aprender a soltar
i propio recorrido es un reflejo de eso. Durante años estuve en el área de Finanzas y Laboral, acompañando la evolución de la empresa desde una mirada más estructural. Hasta que llegó un momento en el que tuve que elegir y elegí a las personas.
Ahí entendí que crecer también es aprender a soltar. En una empresa pequeña cuesta delegar. Quien ha estado desde el principio conoce cada detalle y siente que nadie lo cuidará igual. Pero querer seguir haciéndolo todo deja, un día, de ser una fortaleza. Se convierte en un límite.
Delegar exige humildad: reconocer que otras personas pueden saber más, hacerlo mejor o dedicarle la atención que tú ya no puedes darle. Y no resta nada. Al contrario… permite poner a cada persona donde puede dar lo mejor de sí misma, y avanzar, así, con sentido.
La normativa: de nudo a oportunidad
Hay algo que cualquier persona que dirige una pyme conoce bien. Las normas, las leyes y los decretos son uno de sus nudos más duros. No por falta de voluntad, sino por falta de tiempo, de manos y de personas especializadas.
Nosotros también lo vivimos. Prevención, igualdad, protección de datos, calidad… cada nueva obligación llegaba con la sensación de que no daríamos abasto.
Con los años aprendimos a cambiar la pregunta. Ya no era solo qué teníamos que hacer para cumplir, sino cómo podíamos aprovecharlo para hacer mejor la empresa. Si quieres crecer con sentido, no te conformas con cumplir. Buscas la excelencia y la calidad.
La norma marca el mínimo. Los valores marcan hasta dónde quieres llegar.
Salir de tu parcela
Si tuviera que quedarme con un solo aprendizaje, sería este: hay que salir de la zona de confort. Salir de la empresa. Dejarse llevar fuera, en busca de buenas prácticas y de ejemplos de otros.
Me gusta imaginarlo como un gran jardín. Cada empresa cultiva su parcela. Si solo miras la tuya, tu visión es pequeña. Pero cuando te asomas a las de alrededor, descubres cómo otros cultivan sus mejores frutos. Qué riegan, qué podan, qué protegen cuando llega el mal tiempo. Y vuelves a tu parcela con ideas nuevas y con la humildad de saber que siempre hay alguien que lo está haciendo de otra manera… y, a veces, mejor.
A nosotros nos pasó con la conciliación. Fuera de casa, escuchando a otras organizaciones, descubrimos el modelo efr de empresa familiarmente responsable. Volvimos a nuestra parcela con esa semilla, la cuidamos durante años y hoy somos una empresa efr excelente en conciliación y bienestar. Si nos hubiéramos quedado mirando solo lo nuestro, probablemente nunca habría llegado.
Por eso también nos gusta abrir nuestra parcela y contar lo aprendido. El jardín crece cuando se comparte.
Los errores también construyen
Nada de esto ha sido perfecto. Nos hemos caído muchas veces. Hemos dudado, nos hemos equivocado y hemos tenido que tomar decisiones difíciles. La vida, además, nos puso a prueba cuando, siendo muy jóvenes, tuvimos que asumir responsabilidades para las que nadie está realmente preparado.
Pero de cada caída salió algo. Aprender. Corregir. Hacerlo mejor la siguiente vez. Una pyme que crece no es la que no se equivoca, sino la que aprende de cada caída. Porque la experiencia no es acumular años. Es convertir lo vivido en criterio.
Construir con valores
Por encima de todo, me quedo con una idea: se puede crecer sin perder el alma, siempre que se construya con valores.
Transparencia, para que nadie tenga que adivinar qué está pasando. Confianza, porque sin ella no hay delegación posible. Responsabilidad y compromiso, que en una pyme no se imponen: se contagian. Felicidad, que no es una palabra blanda, sino la condición para que las personas den lo mejor de sí mismas. Y sentido común y sensatez, probablemente los valores menos reconocidos y los más necesarios.
No son palabras para colgar en una pared. Se demuestran en las decisiones pequeñas: cómo se comunica un cambio, cómo se acompaña a alguien en un mal momento, cómo se recibe a quien acaba de llegar, cómo se reparte el mérito cuando las cosas salen bien.
Lo que hoy tenemos claro
Treinta años después, sigo pensando que el verdadero valor de una organización no está en sus cifras. Está en su historia y en las personas que la hacen posible.
A quien hoy empieza con tres personas en un pasillo le diría que no tenga prisa por parecer grande. Que cuide lo que le hace único. Que se profesionalice sin perder cercanía y sin dejar de saber el nombre de quien tiene al lado. Y que, cuando el proyecto empiece a pesar, no lo cargue en solitario: que delegue, que mire fuera, que se permita equivocarse y que no renuncie nunca a sus valores.
Porque permanecer no es quedarse quieto. Es seguir creciendo, con las personas, en la misma dirección.
Cecilia Coll Sánchez, Personas con Valores, Quinton Biotech Labs.


























