Voy a empezar este artículo recordando un momento de muuucha tensión. La primera vez que, como actor, me contrataron de forma profesional. La obra duraba casi tres horas, en las que, creo, no salía del escenario en ningún momento. Nada más levantarse el telón tenía que saltar desde el escenario a una butaca y hablarles a las mil personas que había de público.
El momento de mayor tensión es cuando ves que el telón se empieza a subir y metes un pie en el escenario. Eso de meter el pie es clave, porque ya no hay vuelta atrás. Si es antes de meter el pie, puedes desmayarte, vomitar, salir corriendo o pedir a tu madre que te llame diciendo que es muy urgente que vuelvas a casa. Pero ya dentro del escenario eso queda fatal.
Voy a hablar aquí de cómo se gestiona todo lo que pasa por tu cabeza y por tu cuerpo en ese momento en el que ya no hay salida.
Esto lo puedes llevar a cualquier otro lugar de tu vida. Al dueño de la pyme que presenta el plan del año que viene a su propia familia. Al comercial en la última reunión con el cliente que hace el 30% de la facturación. Al que pide financiación al director de la sucursal con el balance encima de la mesa. Al que defiende su proyecto ante el comité para que le den presupuesto.
Lo primero que aprendí es algo bastante poco tranquilizador: intentar dejar de estar nervioso no funciona. Es más, a veces lo empeora. Porque estás nervioso y, además, empiezas a preocuparte porque estás nervioso. “Me está temblando la voz”. “No me puedo quedar en blanco”. “Se me está notando”. “Como me hagan esa pregunta estoy muerto”. Y mientras intentas desesperadamente recuperar la calma, lo único que haces es dedicar cada vez más atención a comprobar que no la has recuperado. Fantástico.
Con los años entendí que el objetivo no era entrar tranquilo al escenario…
… era poder actuar aunque no lo estuviera. Parece una diferencia pequeña, pero cambia bastante las cosas.
Antes de una situación importante tu cuerpo se activa. Respiras más rápido, notas el corazón, te cuesta estar quieto, tienes la sensación de que todo va demasiado deprisa. Y nuestra primera reacción suele ser interpretar que eso es malo: estoy demasiado nervioso, esto no debería estar pasándome. Puede que sí. Pero también puede que tu cuerpo esté haciendo exactamente lo que tiene que hacer cuando entiende que lo que va a pasar importa.
A mí me ayudó muchísimo dejar de luchar contra eso. Antes de salir a escena no pensaba: “Tengo que tranquilizarme”. Pensaba algo mucho más parecido a: “Vale. Estoy nervioso. Vamos”. No es resignación. Es dejar de gastar energía en una batalla absurda cinco minutos antes de empezar otra bastante más importante. Porque si tienes que presentar una propuesta delante del consejo de administración dentro de treinta segundos, posiblemente no sea el mejor momento para iniciar un proceso profundo de crecimiento personal. Tienes treinta segundos. Necesitas otra cosa. (Y que llame tu madre diciendo que es urgente que vayas a casa no va a colar)
Haz lo siguiente
Cuando estamos bajo presión ocurre algo curioso. Nuestra cabeza se va continuamente al futuro, al pasado, a lo negativo o, si tienes mala suerte, a todos a la vez. Al futuro: “Como me pregunten por las previsiones del año que viene, no tengo ni idea de qué voy a decir”. Al pasado: “Tenía que haber preparado mucho mejor esta parte”. A lo negativo: “Este tío está mirando el móvil porque le está pareciendo un coñazo”. Y, si tienes un día especialmente bueno, todo junto: “No he preparado bien esto, dentro de cinco minutos me van a preguntar justo lo que no sé y, además, por la cara que están poniendo, ya lo estoy haciendo fatal”.
El problema es que mientras tu cabeza está haciendo turismo por todos esos sitios, tú tienes una reunión que está ocurriendo ahora. En teatro aprendí a volver a algo muchísimo más simple: ¿qué tengo que hacer ahora? No dentro de diez minutos. Ahora. Entrar, mirar a mi compañero, decir la primera frase, escuchar su respuesta. Y después la siguiente.
Una reunión importante funciona exactamente igual. Si estás pensando en si cerrarás el contrato cuando el cliente todavía está terminando de explicarte su problema, probablemente ya vas mal. Escucha. Responde a eso. Haz la siguiente pregunta. Luego ya veremos. En momentos de tensión, reducir el mundo a la siguiente acción ayuda muchísimo.
Y hay otra cosa que puedes hacer y que no depende de convencer a tu cabeza de absolutamente nada: respirar. Pero no me refiero a sentarte en posición de loto quince minutos antes de entrar en una reunión mientras tus compañeros te miran preocupados. Me refiero a algo bastante más básico: soltar aire.
Cuando estamos tensos tendemos a respirar rápido, arriba, casi sin vaciar. Una expiración larga ayuda a bajar un poco la activación. Y ese “un poco” muchas veces es suficiente. No necesitas alcanzar la paz interior. Necesitas pasar de un 9 a un 7. Con un 7 ya puedes trabajar.
Deja de mirarte
Esta quizá sea la cosa más importante que aprendí como actor. Cuando estás muy nervioso, toda tu atención se vuelve hacia ti. ¿Cómo estoy? ¿Cómo me está saliendo? ¿Me tiembla la voz? ¿Estoy gustando? ¿Se estarán dando cuenta? Es una posición horrible para actuar. Y también para vender, presentar, negociar o liderar.
Porque dejas de estar con la persona que tienes delante para empezar a observarte a ti mismo desde fuera. Y cuanto más te observas, más cosas encuentras que no te gustan. En teatro hay una solución bastante sencilla: mira al otro. Escúchalo. De verdad.
En una reunión pasa exactamente lo mismo. Si estás obsesionado con causar buena impresión, probablemente estés escuchando peor. Si estás obsesionado con demostrar que sabes, probablemente estés respondiendo antes de comprender. Y si estás obsesionado con que no se note que estás nervioso, probablemente se note bastante más. Una de las mejores formas de salir de tu cabeza es interesarte de verdad por lo que está ocurriendo fuera de ella.
Y, por favor, no corras. Esta la he visto cientos de veces. Alguien empieza una presentación nervioso y acelera. Habla deprisa, pasa las diapositivas deprisa, contesta deprisa. Y cuanto más rápido va, más sensación tiene de que está perdiendo el control. Entonces acelera un poco más.
Cuando tengas tensión, prueba justo lo contrario. Baja una marcha. Haz una pausa antes de responder. Bebe agua. Piensa. Que haya tres segundos de silencio no significa que se haya producido una catástrofe. Tres segundos son tres segundos. El problema es que cuando estás nervioso parecen aproximadamente una semana y media.
Prepárate para que algo salga mal
Una gran fuente de tensión es pensar que todo tiene que salir exactamente como estaba previsto. Y eso es especialmente peligroso porque las cosas importantes tienen la fea costumbre de no salir exactamente como estaban previstas. Una pregunta inesperada. Un dato que no recuerdas. Una diapositiva que no funciona. Un cliente que te dice algo que no esperabas. Un actor que se salta media página de texto. Esto último me ha pasado y pasa a menudo a los actores. En concreto, yo, me salté seis.
Cuando ocurre algo así hay dos posibilidades. La primera es quedarte pensando en lo que debería haber ocurrido. La segunda es trabajar con lo que está ocurriendo. La segunda suele funcionar bastante mejor.
Mantener la calma no es conseguir que nada salga mal. Es confiar en que, si algo sale mal, podrás hacer algo con ello. Y esa confianza no aparece repitiéndote frente al espejo que eres una persona increíble. Aparece preparándote bien. Habiendo pensado las preguntas difíciles. Conociendo los números. Ensayando. Teniendo claro qué quieres conseguir.
La preparación no elimina los nervios. Pero consigue algo mucho más útil: que cuando aparezcan tengas dónde agarrarte.
Aquel día del que hablaba al principio entré en escena. Salté a la butaca y empecé a hablar. No recuerdo si cinco minutos después seguía nervioso. Supongo que sí. Lo que recuerdo es que ya estaba dentro, haciendo la función después de muchas semanas de preparación.
Y creo que esa es la idea que más me ha servido después en situaciones de tensión. Hay un momento en el que tienes que dejar de preguntarte cómo te sientes y empezar a hacer lo que has venido a hacer. No esperar a tener confianza. No esperar a estar tranquilo. No esperar a que desaparezca el miedo.
El telón va a subir igualmente. Mete el pie.
Coté Soler, CEO de BeLiquid


























